¿Qué es lo que nos impulsa a subirnos a una máquina y recorrer kilómetros sin destino fijo?
A veces el camino es la respuesta misma. Mi sentimiento motero no se explica con cifras ni
caballos de fuerza: es una vibración en el pecho cada vez que giro la llave.
El viento golpeando el casco no es solo aire. Es silencio mental.
Cada curva es un diálogo entre instinto y mecánica. Cada marcha que baja,
una conversación íntima entre hierro y piel.
La máquina no es un objeto. Es memoria, historia y hogar.
Hay tramos donde la soledad del asfalto se vuelve la mejor compañía.
Es ahí donde desaparecen los nombres, los trabajos, los papeles.
Solo quedas tú, el motor y la línea blanca estirándose hasta el horizonte.
Sobre el disco
Este álbum no nació en un estudio de grabación.
Nació en gasolineras, en cunetas, en cafés de carretera.
En libretas manchadas de polvo y gasolina.
Durante años fui escribiendo sensaciones, recuerdos y trozos de vida.
Ahora he vuelto a esos cuadernos para convertirlos en canciones.
No son perfectas. Son verdaderas.
No intento definir el sentimiento motero.
Solo compartir el mío.
Para mí la moto llegó casi por herencia. Pero con el tiempo entendí algo:
la esencia no está en cómo empiezas, sino en por qué continúas.
He visto esa chispa en amigos que lucharon años por su primera moto,
movidos únicamente por una pasión imposible de explicar.
Un país infinito. Siempre una ruta más esperando.
Ser motero no va de kilómetros, ni de velocidad, ni de cilindrada.
No es una medalla.
Es algo que se lleva por dentro.
Este disco es eso: historias convertidas en música.
Canciones de moto, asfalto y alma.
Un viaje contado con acordes.
Ojalá lo recorras como se recorren las mejores rutas:
sin prisas, sin mapa… y con el corazón abierto.